viernes 12 de noviembre de 2010

La ciudad de anaqueles

Por Mariana Bolzán

Entro a la biblioteca buscando un libro. No me acuerdo del nombre, ni del autor. Sólo recuerdo que tenía un cuento que hablaba de un sueño y de una puerta. Y una mujer que salía de su habitación y entraba en el sueño de un tipo. Y viceversa. Creo que era de Asimov, o de Bradbury, pero hablaba de una puerta, seguro. De otras dimensiones. La señorita que atiende me suelta una sonrisa mientras espero que la memoria no me falle de nuevo. Dice que me espera, que piense tranquila, que tengo todos esos anaqueles alrededor para recorrer y encontrar mi libro.


   Ingresar a una biblioteca suele ser algo mágico para los que sentimos cierto afecto por los libros y las historias. Uno siente un poco del frío propio de los edificios públicos, la brisa incesante pero inidentificable de las iglesias. Aunque esto es diferente: quizá por la madera que prevalece o por los libros que la habitan, la biblioteca es anfitriona y sugerente.
   Lo primero es el silencio. El sonido es dejado atrás a medida que se avanza por el paisaje cercado por mesas extensas que huelen a cuero o a ropa nueva. Entonces uno se percata de que atravesar las puertas de la biblioteca significa también cambiar de estado: las voces son susurros, los movimientos del cuerpo, laxos y el tiempo se altera acompañando el ritmo de los que leen.
   Los volúmenes varían de texturas y colores todo alrededor formando un paisaje multicromático que bien podría sugerir un crepúsculo. A esta sensación de estar en una ciudad dentro de otra se le suma el aroma a papel, a libro nuevo, a libro viejo por descubrir.

(Para leer más ver edición impresa)

2 comentarios:

Jimena dijo...

Recién descubro su blog, estudio Comunicación en Paraná. Los sigo:) Saludos!

Revista La Chancleta dijo...

Que bueno Jimena! Estamos en Facebook también.
Saludos.